Anhelando

¿Alguna vez has extrañado a alguien tanto que duele?  Hace unas semanas Jazmín y las niñas viajaron a visitar a la familia en Costa Rica.  Y no he dejado de extrañarlas desde el momento en que salí del aeropuerto el día que viajaron. En muchas ocasiones he tenido la oportunidad de viajar para asistir a conferencias, retiros y otras actividades por varios días lejos de casa.  Y aunque extrañaba a mi familia en esos momentos, al estar involucrado en la actividad mi mente se distraía y la ausencia se sentía menos. Pero muchas veces mi esposa me contaba cuánto me extrañaban en casa. Pues el vacío se notaba más en la rutina diaria.  Esta vez me toca a mí la experiencia por primera ocasión de quedarme en casa y no ser el que es extrañado sino ser quien extraña. Y valoro realmente lo que mi esposa y mis hijas han sentido cuando yo estoy lejos de casa.  Realmente quiero que regresen y estar con ellas otra vez.  Siento tristeza y anhelo con ansias su regreso.  Pues en verdad las extraño. 

Esto me hace pensar en cómo es nuestra relación con Dios. ¿Cuándo fue la última vez que anhelé y me sentí ansioso por estar nuevamente en la presencia de Dios tanto que dolía? ¿Te has hecho esta pregunta también? Si no lo has hecho, ¿podrías pensar un momento en ello?

El Salmo 42 dice: “Como el ciervo anhela las corrientes de las aguas, así te anhelo a ti, oh Dios.  Tengo sed de Dios, del Dios viviente.  ¿Cuándo podré ir para estar delante de Él?”

Realmente podemos notar la angustia del escritor de este salmo, anhelando con ansias estar en la presencia de Dios y adorarle.  La compara con la angustia que siente un ciervo sediento y atormentado por el calor de las tierras áridas de esa región y que busca desesperadamente una corriente de agua en la cual saciar su sed.  No hay duda que para el escritor, la presencia de Dios es una necesidad que requiere constante atención.  Una sed que sólo la presencia y el gozo del Señor pueden saciar.  Y me vuelvo a preguntar, ¿estamos sintiendo una sed desesperante por Dios?

Quizá estamos siendo ese que está lejos de casa atendiendo asuntos que le entretienen, viviendo apresurados, abrumados por la rutina diaria, tan distraídos por las cosas de este mundo y quizá por ello no estamos siendo considerados con aquel que nos espera.  Olvidamos que Dios nos espera con brazos abiertos cada vez que queramos ir a Él.  Anhelando también con ansias para volverse a encontrar con nosotros.  Y sí, venimos a adorarle con alegría y nos encontramos con Dios pero termina la adoración y regresamos a la vida diaria, salimos de casa otra vez a atender los asuntos de esta vida. Y tal vez sí extrañando un poco pero no con la pasión con la que el salmista nos insta a realmente anhelar estar en su presencia.  David en el salmo 63 también declara: “Oh Dios, tú eres mi Dios; te buscaré con afán. Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela cual tierra seca y árida donde no hay agua.” Porque para estos hombres de Dios, estar en su presencia era un deleite y un alivio para su alma.  Toda su vida, todos sus esfuerzos y todo su enfoque giraban en torno a estar siempre en la presencia de Dios.

Trabajen, pero no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna, la cual les dará el Hijo del hombre. Sobre este ha puesto Dios el Padre su sello de aprobación.  Juan 6:27


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